«¿Quién soy?». Si se tratara de una simple cantidad de información, no
habría nadie en este mundo que pudiera aportar más datos que yo. No
obstante, al hablar sobre mí, ese yo de quien estoy hablando queda
automáticamente limitado, condicionado y empobrecido en manos de otro
que soy yo mismo en tanto que narrador —víctima de mi sistema de
valores, de mi sensibilidad, de mi capacidad de observación y de otros
muchos condicionamientos reales—. En consecuencia, ¿hasta qué punto se
ajusta a la verdad el «yo» que retrato? Es algo que me inquieta
terriblemente. Es más, me ha preocupado siempre.
Sin embargo, la mayoría de las personas de este mundo no parece sentir
ese temor, esa incertidumbre. En cuanto tienen oportunidad hablan de
sí mismos con una sinceridad pasmosa. Suelen decir frases del tipo:
«Yo parezco tonto de tan franco y sincero como soy», o «Soy muy
sensible y me manejo muy mal en este mundo», o «Yo le leo el
pensamiento a la gente». Pero he visto innumerables veces cómo
personas «sensibles» herían sin más los sentimientos ajenos. He visto
a personas «francas y sinceras» esgrimir sin darse cuenta las excusas
que más les convenían. He visto cómo personas que «le leían el
pensamiento a la gente» eran engañadas por los halagos más burdos.
Todo ello me lleva a pensar: «¿Qué sabemos, en realidad, de nosotros
mismos?».